En estos días en que las personas sordas de diferentes generaciones y asociaciones celebran el Día Internacional (1 de octubre) y tratan de hacernos llegar a todos sus reivindicaciones, su lengua de signos, su cultura y su identidad colectiva, os propongo una parábola (historia de vida), para reflexionar sobre la fragilidad sensorial y su potencial humanizador.
Adentrarnos en nuestro interior cuando andamos sin capacidad para oír el clamor de los pobres (la peor de las sorderas), puede ayudarnos a conocernos mejor y descubrir aquello que cada uno de nosotros/as puede aportar a nuestra sociedad (y a la Iglesia), desde nuestra realidad, en el tiempo y el lugar que nos ha situado la vida, y la historia.
Parábola del silencio
Un niño, llamado a ser uno de los compositores más importantes en la historia de la música. Empezaba su andadura existencial maltratado por su progenitor (un músico mediocre y borracho) que le obligaba a trabajar hasta la extenuación.
El niño resistió ante la obstinación de su padre que, a base de golpes corregía sus errores frente al piano, obligándole a practicar incluso en las horas de sueño. Este trato le convirtió en un niño hosco y resentido.
Un día apareció en su vida un conocido músico de la época y se hizo cargo de su formación musical. Bajo su tutela, cuando tenía solo 11 años compuso su primera obra. Su vida dio un vuelco extraordinario. Aparecieron nuevas y profundas amistades. La formación integral le permitió continuar sus conocimientos musicales y su creatividad se disparó.
Antes de cumplir los 26 años cuando ya era considerado uno de los grandes compositores del panorama musical europeo, el joven músico, inició su particular peregrinación hacia la fragilidad sensorial. Primero un oído, después el otro, hasta llegar en pocos años a perder definitivamente el oído. El ruido se instalaba en su cabeza de artista. Pitos y zumbidos molestos le impedían escuchar tonos agudos y las voces de sus interlocutores a poca distancia. La sordera le introdujo, otra vez, al laberinto de depresión, la tristeza y el aislamiento.
Pero el joven no sucumbió ante la discapacidad. Profundo conocedor de la estructura del sonido y acostumbrado a la comprensión de la armonía, decidió ponerse de pie y elevarse de nuevo. Dejó de maldecir el silencio y lo convirtió en su aliado. Paso a paso la sordera incapacitante, fue cediendo ante el ingenio y la creatividad de su mente. Donde la limitación sensorial parecía haber construido un muro infranqueable, se impuso el deseo y la fuerza que anida expectante en la vida de los que luchan, imaginando las obras en su mente privilegiada aprendiendo a superar sus limitaciones.
Abrazado a su fragilidad, alcanzó la cumbre convirtiéndose en el más importante músico de la época. En los conciertos el público, puesto en pie aplaudía emocionado y… entonces, algún músico le invitaba a darse la vuelta y mirar los aplausos en silencio. Sus ojos veían, lo que su oído no podía escuchar.
(Basada en hechos reales. El joven músico compositor que no podía oír era Ludwig van Beeethoven, el tiempo 1770/1827).
Fragilidad y alianza con el silencio
Aunque es cierto que en la vida del compositor alemán podemos encontrar una larga cadena de decepciones, entre ellas podemos destacar la discapacidad sensorial que le impedía oír, ninguna de ellas le impidió alcanzar sus metas. El joven Beethoven supo aceptar el silencio interior de su oído y escapar de su dimensión paralizante. Aprendió a conocerse más y mejor a sí mismo y estableció nuevas relaciones con el ambiente musical de la época y con lo universal.
Se liberó de los ruidos internos de su oído enfermo y también del ambiente exterior (expectativas del público y estructuras clásicas y las modas musicales del momento). Silenció su mente y en ella se conoció mejor a sí mismo y encontró recursos y posibilidades nuevas. No permitió que la importante discapacidad que le habitaba frustrase su vida paralizando su capacidad creativa. La sordera no solo no perjudicó la calidad de sus composiciones, instalado en el silencio, se puso en pie, cargó con la camilla de la discapacidad (Juan 5, 8) y se convirtió en un genio, con mayor impulso creativo y más profundidad emocional. Su música pasaba, casi en cuestión de segundos, de momentos de absoluta violencia y caos a pasajes de una paz lírica, casi mística. Buscaba, en sus composiciones la conexión con lo divino y con la fraternidad universal (la obra Cristo en el monte de los Olivos la compuso en apenas un par de semanas y bien podría considerarse como la culminación de un largo viaje espiritual).
Discapacidades sensoriales y físicas instaladas como bloques de granito inamovibles en la existencia personal, finalmente enfrentadas con valor y con acierto, las encontramos a decenas en personas con discapacidad en todos los Continentes. Mi ministerio como Consiliario intercontinental de Frater me está permitiendo conocer muchas de estas historias de vida de primera mano, en Perú, en Rumanía donde he viajado últimamente y a través del trabajo en red con decenas de países de todo el mundo. También fuera de Frater, como es de suponer, he podido conocer decenas de personas anónimas con historias de vida similares. En todas ella el silencio se impone antes o después, obligando a interiorizar los acontecimientos. En todas estas historias surge también, de manera sorprendente, una alianza táctica y profunda, con él.
De esta alianza con el silencio podríamos aprender todos. Hoy, cuando en nuestras sociedades, la mente, saturada de sonidos estridentes y molestos conviene discernir y distinguir entre lo urgente y lo importante, la prisa y la calma, lo superficial y lo esencial. Hago mías las palabras del viejo profesor Theodore Zeldin (nacido en 1933 en Palestina, bajo mandato británico) antiguo decano del St. Anthony College de Oxford. Palabras que propongo acoger en silencio (desde lo profundo) y compartir desde la diversidad de nuestras vidas y nuestras creencias: “Pensar consiste en juntar ideas, que las ideas jueguen entre ellas, que aprendan a bailar y a abrazarse… el cerebro está lleno de ideas solitarias que le están pidiendo que les dé sentido y que las reconozca como interesantes. El cerebro perezoso sólo las clasifica en viejos compartimentos, como un burócrata que quiere una vida fácil. El cerebro activo recoge, elige y crea nuevas obras de arte a partir de las ideas”.
En tiempos de globalización de la rivalidad y la violencia, es necesario aliarse con el silencio (interior y externo). Pensar y utilizar el cerebro (la mente y la razón) en favor de la paz. Necesitamos como el aire transformar nuestras rivalidades (incapacidad para escuchar al otro) en diálogo permanente y pacificador. Algunos dirán que es solo un sueño utópico. Yo volviendo la mirada hacia la peregrinación espiritual del joven compositor alemán que acompañado por la discapacidad sensorial logró llegar a la cima del arte sinfónico, y abrazado a otros muchos maestros en la fragilidad más cercanos y cotidianos, considero que no hay obra de arte mayor (que podamos hacer los humanos) que intentar honestamente hacer frente al desafío de la comunicación pacificadora, aunque finalicemos nuestros días contemplando únicamente un esbozo de la composición final.
La ausencia de la palabra y el grito de la gente buena, es la más atroz de las cosas malas (Mahatma Gandi)
La parábola del silencio, bien podemos aprovecharla para aprender como ciudadanos y como hermanos, a liberarnos del silencio cobarde y de la sordera selectiva que nos conduce a la indiferencia cómplice ante el sufrimiento de los demás. Silencios cómplices de los que deberíamos escandalizarnos tanto o más que de los crímenes perversos a los que damos la espalda (Martin Luther King).
No es fácil digerir la discapacidad auditiva y selectiva a la que estamos sometiendo a nuestros oídos cada día: migrantes perseguidos y despreciados desde niños/as a quienes se considera y se condena como invasores; ancianos desahuciados por la especulación de quienes actúan como buitres sin entrañas y con protección policial; jóvenes igualmente despreciados en su dignidad, sin posibilidades de iniciar un proyecto personal y familiar por falta de un trabajo digno, sin un sueldo justo y también sin vivienda donde construir un hogar. Genocidios, guerras, apropiación de los recursos naturales por parte de las grandes potencias… (por citar solo algunos ejemplos de rabiosa actualidad en nuestros días).
Actuamos como verdaderos discapacitados sensoriales (sin oído, sin vista y sin voz). Deberíamos tratar de imitar al joven músico alemán en su valor y su coraje para hacer frente a la sordera que amenazaba su vida y su futuro. Deberíamos recrear en nuestra mente propuestas y soluciones concretas. Los políticos que se tienen por católicos han de saber que sin escuchar el clamor de los vulnerables no pueden escuchar a Dios; y que esto es grave porque pone en riesgo su espiritualidad, tanto que puede matar su fe, porque una fe sin obras de amor samaritano está muerta. Por el contrario, ponernos en pie, hacer ruido y unir las voces en su diversidad; gritar, exigir derechos hasta desterrar los oscuros negocios con las personas, las desigualdades y el odio, pone de manifiesto la salud integral de aquellos que lo hacen con generosidad y arriesgan sus privilegios en favor de la justicia y la paz social.
Bienvenido sea el Sindicato de Inquilinas de Madrid que han desplazado el silencio con sus voces, sus acampadas. Bienvenida su sensibilidad y su lucha para hacer frente a la crisis de vivienda y a la burbuja de los alquileres. Una nueva oportunidad, especialmente para los jóvenes (muchos de ellos afectados en primera persona), para abandonar el silencio y convertirse en protagonistas del cambio. Jóvenes (y no tan jóvenes) que en lo profundo de su ser acogen el eco de las palabras de aquel que dijo no tener sitio donde reclinar la cabeza (Mateo 8,20) y dijo a sus discípulos sed bienaventurados reconociéndome en los más vulnerables: sed bienaventurados, porque estaba enferma y viniste a verme, me echaron de mi casa y me defendiste. Mateo 25, 36-40.
El sonido de la sinodalidad
El silencio tedioso o temeroso, indiferente (o interesado) es uno de los males que acechan a la esencia sinodal de nuestra Iglesia. En la comunidad eclesial de hoy y del futuro (silenciada durante siglos por el clericalismo endémico que perdura y se resiste a cambiar) necesitamos dejar atrás las viejas palabras que aturden como campanas o los platillos, cuando falta el amor (Corintios 13, 1).
La transformación/conversión que necesita la institución solo será posible si el Pueblo de Dios rompe su silencio, participa y alza la voz fraternalmente, pero con determinación. El Sínodo continua. Ningún daño puede hacer a la Iglesia abrirse a escuchar las voces del del Pueblo de Dios en su conjunto y en su diversidad (laicos, teólogos y teólogas, religiosos y religiosas, jóvenes, adultos, personas mayores, con salud o enfermedad, de cada uno de los continentes y sus culturas.
León XIV mantiene el calendario y las directrices marcadas por su antecesor para la implementación del Sínodo y el calendario. Avanzamos, pues, hacia una Asamblea Eclesial en la que todo el pueblo de Dios puede tomar la palabra, de igual a igual. Ningún daño puede hacer la Iglesia abandonar una práctica en la que únicamente clérigos, sabios y entendidos revestidos de suprema autoridad pueden deliberar y decidir lo que necesita la Iglesia y lo que esta debe hacer hoy para llevar a cabo su misión evangelizadora universal.
No hay peor sordera que negarse a escuchar
Silencio y palabra, palabra y silencio son uno solo cuando caminan en armonía. Fragilidad y fortaleza lo son también igualmente.
El joven Bethovenn con su discapacidad auditiva a cuestas descubrió como superar su carga paralizante y crear composiciones musicales imposibles. Reconocernos en él, con nuestras limitaciones y aprender de su creatividad puede ayudarnos a hacer de nuestras vidas una obra genial, de humanidad profunda, de justicia y de paz. Habremos de contar también con aquella otra advertencia del joven de Nazaret: por el camino aparecerán, algunos “sordos que no quieren oír…” Lo sabemos, pero andaremos nuestro camino, sin que nada ni nadie pueda robarnos el placer de soñar, ni la esperanza.
jose maria marin sevilla
sacerdote y teólogo


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