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May 21

Turismo y fragilidad. La abundacia de compartir lo poco

  • 21 mayo, 2026
  • 2026, Actualidad

Razones y motivaciones

Cerca de 12 horas tarda un avión convencional en recorrer los 9.500 km. que separan Madrid (la capital de España) de Lima la capital de Perú. Razones no faltan para considerar como destino turístico este país andino y amazónico. Es singular y sorprendente en muchos aspectos: impresiona enormemente su diversidad ecosistémica y cultural, provoca admiración la pluralidad de lenguas en las que se expresan sus gentes con naturalidad y respeto… Lima, por ejemplo, fundada en 1533, declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, constituye en la actualidad una combinación única de arquitectura y vistas panorámicas del océano, historia milenaria y gastronomía inigualable, galerías de arte y espectáculos…;  en fin un fuerte atractivo para el turismo convencional que aprovechan miles de turistas pudientes, sin ánimo alguno de poner en juego su sensibilidad dirigiendo su “interés”, aunque sea por unos instantes, hacia las periferias existenciales, sus pueblos y sus gentes.

Ninguna de estas sugeridas en todas las guías turísticas, están entre las razones que me llevaban a viajar, tan lejos, por segunda vez. Eran otras las motivaciones que me guiaban: recorrer estas tierras para conocer, compartir y establecer lazos de amistad con militantes fraternos. Encontrarme con compañeros que, como aquí, ejercen de “apóstoles laicos” de sus hermanos con discapacidad. Personas creyentes, animadas por el Espíritu de Jesús, que, en pequeños grupos de formación y vida, van transformado su fragilidad física en fortaleza interior, personal y colectiva, que sostiene su compromiso transformador en favor de la promoción personal y la inclusión. Mensajeros del Evangelio que, a pesar de las desigualdades y la corrupción que asfixia el desarrollo del país, siguen en pie, creen en Dios y en la humanidad y se organizan para transformar las limitaciones en oportunidades… sin sucumbir al desánimo ni perder la alegría de vivir.

Llegué solo desde España, pronto encontré compañía: Olga Saavedra (Colaboradora Intercontinental), Silvia Tullume, recién estrenada Responsable Nacional de Frater Perú y el pequeño Cristian (hijo de Silvia), encantado y encantador muchachito que nos acompañará feliz en nuestro recorrido. Sin duda no pude imaginar mejores “guías” para este viaje que realizaba como Consiliario/Asesor de Frater Intercontinental.

La aventura iba a poner a prueba mi condición física (nos disponíamos a recorrer más de 4.000 kilómetros de este extenso país, situado en el suroeste de Sudamérica); pero iba a ser más importante avivar mi sensibilidad para “escuchar”, con profundo respeto, decenas de historias de vida, microrrelatos, lluvia de testimonios, alguna miseria y algunas lágrimas que, como siempre aparecen en cualquier peregrinación y en cualquier rincón de esta tierra hermosa, que anda siempre entre luces y sombras. Ahora de regreso, ya descansado y sereno, agradezco enormemente a la Fraternidad lo que de ella recibo como persona y como sacerdote cada vez que me dejo bautizar por ella.

Una vez más he tenido la oportunidad de verificar y dolerme por la gravedad y el sufrimiento que provoca la globalización de la economía liberal que, acumulada en las manos de castas privilegiadas, los enormes recursos de países como Perú, que como advertía el joven campesino Jesús de Nazaret: saquean, explotan, desplazan y asesinan, únicamente por ambición y placer, sin entrañas y sin estatura moral alguna. Acercarme a Perú, en tiempos de elecciones presidenciales me ha permitido dolerme también por las políticas populistas y la manipulación. Si caótico es el tráfico en la ciudad de Lima, más caótica, es la falta de organización y la corrupción institucionalizada en las que navegan la gestión y la distribución de los recursos.

Sin más preámbulos pasaré ahora a relatar algunas de las visitas y los monumentos que he descubierto y admirado en este apasionante viaje, en ruta, hacia el corazón de la fragilidad y la espiritualidad de la Fraternidad Cristiana de Personas con Discapacidad, con las que he podido celebrar, también el 59 Aniversario de su llegada a Perú y que se extendió desde entonces, paso a paso, por el Continente Americano.

Me limitaré a mencionar solo algunas de las experiencias vividas, aquellas que pueden interesar a quienes desean indagar en una espiritualidad encarnada y liberadora. Por la extensión de mis reflexiones, voy a dedicar varios artículos para relatar esta aventura. Este es el primero. Espero contribuir con todos ellos, a la reflexión y al diálogo, sin cansar en exceso a los lectores.

Desafíos y estrategia continental

Una interesante e intensa reunión con el Equipo Continental de América fue el preámbulo de mi contacto con la realidad de la Fraternidad. Un equipo representativo de todos los países donde viven, gozan y sufren los que andan por la vida bailando cada día con la fragilidad corporal, al ritmo que marcan las necesidades más urgentes de las personas con discapacidad, la identidad y la misión de la Frater en el mundo. Trabajo, formación, compartir y amistad que resultaron ser para mí, como Consiliario/Asesor de Frater Inter, una experiencia alentadora, al tiempo que una seria responsabilidad para trabajar en comunión desde España, escuchando y valorando la aportación de todos los países, sin prejuicios ni otra prioridad que no sea el servicio a las personas con discapacidad, sin discriminación, desde la proximidad y el compromiso con los más pobres. De esta reunión queda constancia en los informes y la valoración elaborada por los responsables y equipos implicados. Aquí con esta breve referencia es suficiente.

 Huancané: La abundancia de compartir lo poco

Un día y una noche en Huancané, histórica y ancestral ciudad del departamento de Puno, en la ribera norte del lago Titicaca, situada a 4.000 metros sobre el nivel del mar. Hermosa y desafiante. Difícil y dura para los campesinos y, particularmente si lo son y viven sobre una silla de ruedas o con movilidad reducida.

Liberar del aislamiento a personas sin movilidad, enfermas, sin legislación ni prestaciones, sin organizaciones, sin transporte y sin recursos… son algunos de los desafíos a los que se enfrentan las Fraternidades de la región para favorecer la promoción personal y conquistar sus derechos fundamentales. A lo largo de la jornada vinieron a mi mente situaciones y experiencias similares vividas en los inicios de las Fraternidades de nuestro país hace cincuenta o sesenta años según las diócesis. Es profundamente doloroso comprobar cuánto cuesta en este mundo desprenderse de nuestra condición animal (salvaje) y avanzar en la conquista de la humanización. Resulta difícil sentirse parte de este mundo globalizado, sin rubor y decepción, al descubrir que los intereses de unos pocos son más protegidos que el interés general, y que la propiedad “privatizada” parece ser más sagrada que los pueblos empobrecidos y sus gentes.

No obstante, en Huancané, viví algunos de los momentos más significativos y singulares de este viaje. En el local que sirve de sede, lugar de encuentro y “hogar de la fraternidad”, nos esperaban un buen número de campesinos, coordinadores de la Fraternidad de la zona. Habían llegado, con muletas de madera y sillas de ruedas desgastadas. Un buen grupo de personas con discapacidad visual andaban titubeando con improvisados bastones o apoyándose en algún compañero. Todos equipados con esa sonrisa que siempre acompaña a la Frater, sea donde sea y en cualquier momento. Muchos no pudieron acudir por falta de transporte y recursos económicos. La fragilidad y la precariedad eran evidentes, pero no fue tanta como para eclipsar la ilusión, ni el deseo de participar y de compartir.

El almuerzo, me obligó a “hacer memoria” del relato de la multiplicación de los panes. Siempre había estado convencido de que Mateo (14:13-21), el autor del texto, no pretendía constatar un hecho histórico al tiempo sobrenatural, como literalmente se ha venido interpretando. No parece muy lógico presentar a Jesús como un travieso duendecillo, capaz de transformar la escasez en abundancia por arte de magia. Por el contrario, siempre me interesó el profundo simbolismo de este relato, su fuerza profética y su capacidad transformadora. Lo que aconteció en el almuerzo fraterno en aquel encuentro, me confirmó en ello.

Los “milagros” del Campesino de Nazaret y que todos sus discípulos y discípulas podemos realizar y “aún mayores”, con la fuerza del Espíritu (según Juan 14, 12), acontecen cuando se comparte lo poco. Suceden cada vez que, escasean los alimentos y los recursos para mí o para los míos, y aun así ponemos sobre la mesa común lo poco que tenemos cada uno. ¡Sucedió, esta vez! Los campesinos de Huancané, como el joven campesino de Nazaret, ¡multiplicaron los alimentos! No hubo sobras, ni doce, ni media canasta. Pan no había. Tampoco nadie se quedó sin comer. Habas, granos de maíz enormes, yuca, alguna otra hortaliza y papas (la papa negra y la huamantanga que se cultivan en los Andes peruanos), llegaron a este encuentro de la mano de sus propios agricultores que las depositaron en pequeños montones sobre la única mesa de la que comimos todos. Sin protocolo ni prisa, con las manos y agradecidos. Estos alimentos llegados de las montañas, cultivados, recolectados, elaborados, transportados y finalmente compartidos, ponían de manifiesto que, la Fraternidad Universal no es una utopía, sino que es experiencia real, que hermana y transforma las relaciones, cuando la buscamos y la celebramos juntos.

Entre los destinos poco conocidos y recomendados a los turistas que viajan a Perú, no aparecía este rincón del país, ni sus gentes, ni sus cosechas. Vende poco la discapacidad. Y vende menos la precariedad y la pobreza. Ocurre así porque no tienen precio, porque son tan valiosas y esconden tanta humanidad que asusta pensar que se pueden conseguir sin dinero. En la “tierra de la piedra sagrada” (esto es lo que significa Huancané en lengua aimara) el tesoro escondido y encontrado del que habla la parábola del evangelio (Mateo 13, 44), no fue el oro (que efectivamente puede encontrarse en algunas cordilleras de los Andes peruanos) sino el corazón de sus gentes, la sabiduría milenaria de sus culturas y la sorprendente resiliencia de sus gentes más vulnerables. Aunque es cierto que ninguna de estas obras de arte, ni sus vestigios ancestrales y eternos, ni sus pequeñas historias, ni su fortaleza, ni su profunda humanidad aparecen recomendadas en las guías turísticas de la zona todos sabemos que existen. También en el turismo la cuestión de las prioridades es importante.

Diversidad de credos y criaturas

La jornada me guardaba todavía otra sorpresa. El anochecer de aquel día, estaba previsto que me alojaría y descansaría en el palacio episcopal (por cierto, uno de los mejores edificios del centro de la ciudad), pero no fue así.

Como llevado por el Espíritu, terminé instalándome en la humilde morada/granja de una familia cristiana, no católica. Me acogieron, me dieron de cenar y me cedieron lo mejor de lo poco que tenían. Espontáneamente unas cajas, alguna vieja butaca y la cama sirvieron para improvisar una vigilia profundamente ecuménica. Éramos cuatro, una niña, una adolescente (hijas de aquella familia que acababa de conocer), Olguita mi compañera de viaje y yo. No hubieron cantos, ni rezos guionizados. Las jóvenes con sus sueños y sus problemas, la religión, las iglesias, mi fe y la suya… como gotas que van llenando un vaso de agua, iban fluyendo la palabra y la escucha mutua. Un par de horas después, a solas, en mi habitación susurre el padrenuestro, con el que habitualmente me silencio y cierro los ojos cada noche. Tenía la certeza de que no hay mejor aproximación a la experiencia de Dios que sentirle Padre/Madre de la humanidad entera, de la única familia que somos juntos, todos y todas, sin importar demasiado el “credo” que confesamos cada cual en nuestra identidad espiritual. Cansado y en paz, cerré los ojos y me dormí.

jose maria marin
sacerdote y teólogo

 

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